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Hablo de cultura del error en mi empresa. Y a veces le reclamo al mesero cuando se equivoca.

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Lo voy a decir yo primero…

Hay momentos en los que salgo de una conversación sobre la importancia de crear espacios donde los errores se acepten, donde la gente pueda equivocarse y aprender, y al rato estoy en un restaurante molesto con el mesero porque el pedido llegó mal.

Y esa incongruencia me ha hecho reflexionar mucho. No solo sobre cómo lidero. Sino sobre cómo vivo.

El discurso que tenemos vs. la vida que vivimos

Con casi todas las personas que conozco, en algún momento aparece el mismo tema: necesitamos ser más tolerantes con el error. Crear espacios donde equivocarse no sea una tragedia. Donde la gente pueda probar, fallar, aprender y volver a intentar.

Todos estan de acuerdo.

Pero…

Criticamos al conductor. Y juzgamos al cajero. Y reclamamos al mesero con un tono que jamás usaríamos con nosotros mismos cuando nos equivocamos. Y peleamos con el operador de servicio al cliente como si su error fuera personal.

Las redes sociales lo amplifican todo. Un error de un empleado, un restaurante, una marca, se convierte en un caso viral que destruye reputaciones en horas.

Vivimos predicando la tolerancia al error y practicando exactamente lo contrario.

Lo que casi nunca nos preguntamos sobre el error ajeno

Hay algo que olvidamos cuando nos frustramos frente a un error.

La gran mayoría de las personas que cometen un error no lo hacen con intención. Nadie se levanta pensando en cómo fallar. Se levantan pensando en hacer bien su trabajo.

El mesero no quiso confundir tu pedido. El conductor no eligió tomar la ruta más lenta. El colaborador no decidió fallar en la entrega.

Casi ningún error viene de la mala intención. Viene de la presión, la falta de recursos, la curva de aprendizaje, las circunstancias. Viene de ser humano en un mundo que no siempre da todas las condiciones para hacerlo perfecto.

Y sin embargo, nuestra reacción automática es el juicio. La crítica. El tono que le dice a esa persona: fallaste, y eso no está bien.

Lo que ese mensaje le hace a las personas

Cuando alguien siente que equivocarse tiene un costo alto, deja de arriesgarse.

Deja de proponer ideas que podrían no funcionar. Deja de probar caminos nuevos. Deja de preguntar cuando no entiende. Empieza a hacer solo lo que sabe que va a salir bien.

Esto pasa en las empresas. Pero también pasa en las familias, en los colegios, en los equipos de fútbol del barrio, en los grupos de amigos.

Una cultura que castiga el error, es una cultura que se estanca. Que no innova. Que no crece. Que prefiere la mediocridad segura a la posibilidad brillante pero arriesgada.

Y esa cultura la construimos todos. Con cada reacción. Con cada comentario. Con cada mirada cuando algo no sale como queremos.

La pregunta que me hago y que te propongo hacerte

¿Cuándo fue la última vez que alguien cercano a ti, en el trabajo, en tu casa, reconoció un error abiertamente sin miedo a tu reacción?

Si eso pasa con frecuencia, probablemente el entorno que has construido a tu alrededor tiene mucha confianza.

Si casi nunca pasa, vale la pena preguntarse qué señales has dado, consciente o inconscientemente, para que la gente prefiera esconder el error a reconocerlo.

No como culpa. Como diagnóstico honesto.

Yo me lo he preguntado. Y no siempre me ha gustado la respuesta.

Lo que podríamos construir si cambiamos esto

Imagina una sociedad donde equivocarse no sea una vergüenza pública sino una parte natural del proceso de aprender.

Donde el mesero que se equivoca recibe una corrección amable en lugar de una humillación. Donde el empleado que falla en un proyecto recibe apoyo para entender qué salió mal en lugar de un castigo. Donde el emprendedor que fracasó en su primer negocio es visto como alguien con experiencia, no como alguien que no lo logró.

Esa sociedad produce más innovación. Más valentía. Más personas dispuestas a intentar cosas que nunca se han hecho.

Y esa sociedad la construimos entre todos. En el restaurante. En la reunión. En la conversación difícil. En la reacción que elegimos tener cuando algo no sale como esperábamos.

Conclusión

No se trata de ignorar los errores ni de no tener estándares.

Se trata de entender que hay una diferencia enorme entre señalar un error para aprender y señalarlo para castigar. Entre corregir con intención de mejorar y criticar con intención de demostrar que teníamos razón.

Si queremos equipos que innoven, familias donde la gente se abra, comunidades que crezcan, primero tenemos que ser el tipo de personas con quienes equivocarse no sea tan aterrador.

Eso no es fácil. A mí me cuesta. Lo sigo trabajando.

Pero creo que el primer paso es ser honesto con la incongruencia.

Y ese paso empieza hoy. En el restaurante, si es necesario.

¿Quieres construir un equipo donde la confianza sea real y no solo un valor en la pared?

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